
Dada la conmoción que vivimos en
estos momentos, por los escándalos de corrupción (como las revelaciones y
declaraciones de funcionarios de Odebrecht sobre los aportes de campaña, los auspicios a instituciones de prensa, las donaciones, las
contrataciones de servicios de consultoría, entre otros) y la renuncia ominosa
del expresidente Pedro Pablo Kuczynski, producto de videos que daban cuenta de un
secreto a voces, escuchamos con poco estupor que varios personajes públicos y
el clamor popular dicen, con infrecuente elocuencia: ¡que se vayan todos!
Sin embargo, antes de caer
encandilados con dicha frase, habría que tener reparos en el propósito de tan
lucida sentencia ya que podría ser solamente
una afirmación declarativa o una mera «salutación formal».
A pesar de que vemos con mucha recurrencia alguna revelación que mancilla la
escasa o nula dignidad de los «politiqueros de hoy»,
cabría preguntarnos si lo que estamos presenciando desde nuestros sitios es
algo nuevo. ¿Acaso estaremos descubriendo el agua tibia respecto a la
financiación de partidos políticos y los negociados tras bambalinas que se dan
en el Estado? ¿Acaso, y pregunto con escarnio, no existió socratismo antes de
Sócrates?
El siglo pasado, uno de los más
conspicuos y penetrantes intelectuales de aquella época denunciaba algo análogo
a lo que nosotros palpamos en nuestros días. Víctor Andrés Belaunde, en su
famosa lección inaugural en San Marcos: La
crisis presente 1914-1939, denunciaba la corrupción y la fatigada retórica
de probidad y honradez de la mal llamada clase política, prestando especial atención
no solo de la crisis política sino también en la crisis moral incubada sobre todo
en una clase media anquilosada y esclerótica. A más de un siglo de la
publicación de esta reflexión aún se mantiene el statu quo de las premisas.
De este modo, estimado lector, una vez más la situación política
del Perú quizá nos deja con el sabor de indisculpable sinceridad de una frase
que dijera Winston Churchill: «Cada pueblo tiene el
gobierno que se merece». Con todo, la pregunta plena
y medular debería ser: ¿es acaso la corrupción consustancial a la historia del Perú
(¿los casos que detalla Alfonso Quiróz en su libro Historia de la corrupción en el Perú son solo accidentes o los
imperativos de nuestra «clase política»?), ¿acaso la corrupción es el emblema
secular de nuestra historia?, ¿acaso los «politiqueros» y
el clientelismo en nuestra historia son dos fatalidades inveteradas?
Por Dick Concepcion

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