Somos chamba, ¿o no? - Sindéresis

sábado, 10 de marzo de 2018

Somos chamba, ¿o no?


Alrededor del 20% de los jóvenes peruanos entre 15 a 24 años es pobre (en zonas rurales, esta cifra supera el 35%). Para ellos, trabajar significa una obligación antes que una experiencia profesional. Su precoz ingreso al mercado laboral está marcado por una gran inestabilidad, informalidad, alta rotación y una desprotección social y de salud generalizada.

Acceder al sector formal requiere una alta cualificación, que en el caso de los jóvenes sólo puede ser adquirida por la vía de la educación. Sin embargo, la educación es, en palabras del experto en políticas laborales Juan Chacaltana, un «bien experiencia», caracterizado por que «su calidad sólo se conoce tiempo después de haber consumido este bien». Las constancias educativas no garantizan necesariamente una inserción laboral efectiva.

"Jóvenes Productivos" es la política social
de empleo juvenil vigente.
Por otro lado, ha crecido enormemente la población inscrita en colegios, institutos y universidades, pero se ha sacrificado la calidad. En consecuencia, existe una incompatibilidad entre lo que se imparte en la educación formal y el perfil profesional requerido por el mercado laboral. 

No obstante, a diferencia de décadas pasadas en que la transición entre la educación formal y el trabajo seguían un camino prestablecido, en la actualidad este paso hacia la autonomía económica es diverso y, con frecuencia, accidentado. De manera simultánea, se presenta un repliegue a comunidad identitarias al margen del imaginario colectivo socialmente «aceptado», en el cual los jóvenes construyen sus proyectos de vida. La importancia que estos le confieren a la búsqueda de un empleo difiere en medida de sus propias aspiraciones.

Estas aspiraciones están reguladas, también, por su pertenencia a una determinada clase socioeconómica, etnia o su género. Lo anterior puede ayudar a explicar las altas tasas de deserción escolar y fracaso educativo y laboral juvenil. Ello conlleva el peligro de “reproducir” conductas antisistémicas (pandillaje, delincuencia, drogadicción, etc.) en el seno de sus comunidades.

En tal sentido, no es del todo cierto afirmar que a mayor producción más plazas de trabajo y, por lo tanto, mayores oportunidades e igualdad. Y es que la igualdad es un término esquivo cuando se habla de una población muy heterogénea, cuyas disparidades se observan desde la escuela: currículos desfasados y ambientes deteriorados por el tiempo.

El insuficiente gasto público en el sector educación nos demuestra, desalentador, que el camino a transitar aún es largo.

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