Por Peter Calderón
No hemos ganado guerra alguna –y no es que esté a
favor de ellas-, pero bien que celebramos. No respetamos las reglas de
tránsito, pero salimos a tomar las calles. No valoramos a nuestro prójimo, pero
abrazamos a un extraño en plena euforia. No limpiamos nuestra propia basura
porque hay otro al que se la paga para que lo haga.
Y es que valen más lo movimientos en el arco contrario
para determinar quién es el vencedor. No atribuimos la gloria a quien gana
pruebas aptitudinales o medallas olímpicas de matemática, sino que despertamos
miramientos y pasiones al recorrer de lado a lado la horizontal con los ojos.
Las falsas alegrías del bienestar común. De lo
ilusorio. De la ceguera permanente.
Si la cerveza fuera un deporte nacional ya hubiésemos
impuesto varias marcas rompiendo nuestro propio record. Tan solo basta observar
a unos cuantos parroquianos llorar más por la botella que por cualquier otro
santo. Y justo ahí, relucen sus típicas ondulaciones y vaivenes en favor de su
lucha ambientalista por preservar los árboles y los arbustos, regados por
fluidos amarillentos.
Estamos tan ávidos de triunfos que le atribuimos a
unos once las campañas más loables para solucionar todos los problemas del
país. Nuestro orgullo pende de un hilo para que siga viva la esperanza de solo
ganar en la cancha. Somos hinchas que hinchamos por la bicolor, pero echamos
todo el Perú a joder ¿por qué? Pues somos la gran mayoría que tiene a los
gobernantes que se merece –y lo peor es que nos quejamos-.
Según la RAE hincha significa: «partidario entusiasta».
Bueno, entusiastas sí; pero, ¿partidarios de qué? ¿acaso de querer al Perú? Ni
una ni otra. Es una moda mundialista que no se veía hace 36 abriles.
Una de las tantas modas que nos secuestran. Como quien
no conoce ya las derrotas de la historia, y que, sin embargo, se respaldan en
un juego azaroso de potencias y amagues.
Y es que la cultura futbolera en nuestro país pide más feriados. Pide más
rojos en el calendario para seguir celebrando. ¿Celebrar qué? ¿no será que es la
celebración de nuestra negación? ¿de nuestra derrota como sociedad? Somos un colectivo en
el que se conservan aún patrones conductuales arcaicos y prejuicios longevos que ya
nos son tolerables.
Llámenme aguafiestas, pero no soy hincha de esta
cultura que divide a los hombres. No soy hincha de la homofobia, del
feminicidio, de la corrupción, de lo inmoral. Ni tampoco de la ceguera. No soy
hincha del olvido de la historia. Pues, quiéranlo o no, siempre volvemos a caer
en los mismos errores.
Soy un partidario entusiasta de ver una nueva sociedad
con valores firmes. Por creer que sí es posible lograr un país más digno y
justo, más tolerante y abierto al cambio. Un país que celebre los logros de la
educación y supere los obstáculos de nuestro propio enemigo: la política.
Creo –y es un acto de fe- que los buenos hombres
lideraremos la ruta de esta nación, de este colectivo.
Soy hincha de creer que así sea.


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