Yo también quiero ser Pablo Escobar - Sindéresis

domingo, 1 de abril de 2018

Yo también quiero ser Pablo Escobar

Todos queremos ser exitosos. Esa es la premisa del mundo actual. Una sonrisa siempre nos espera en la cumbre de nuestra realización, sea en la forma de un carro último modelo, la admiración de las masas o cualquier cosa que deseemos. La felicidad está en el mañana, es una promesa que se nos revela tan cierta como el aire que respiramos o el agua que bebemos.

En líneas generales, puede entenderse al éxito como el resultado de un programa deliberado de acción. Nos planteamos una meta y conseguirla es lograr el éxito. Pero cuando pensamos en una persona exitosa, se nos viene a la mente el profesional u hombre de negocios con casa propia, auto del año y un trabajo estable. En definitiva, el éxito al que refieren no es sino el económico. Todo camino alternativo es invisibilizado. Resulta llamativo que esto gana más fuerza en entornos en los cuales los recursos están desigualmente distribuidos.


“…..Quiero autos relucientes y dinero sucio
mucho rock and roll
viviré en la fama y moriré en llamas
jamás envejeceré……”

W.A.S.P. “I wanna be somebody”
(Quiero ser alguien), 1984



Entonces, tenemos la idea del éxito y lo deseamos ardientemente. Sin embargo, nadie tiene una guía ni hoja de ruta que nos permita lograr ese ansiado futuro de riqueza y felicidad suprema. Esto es conocido en las ciencias sociales bajo el concepto de «anomia».

En este contexto se produce el ascenso mediático de figuras como Pablo Escobar. Predestinado a la adversidad, se enriqueció a una velocidad vertiginosa contraviniendo el camino «formal» al éxito económico (p.ej: estudiar, encontrar un trabajo, estar al mando de un jefe y ahorrar durante años). La repetición constante de su vida y obra en series y películas no es más que una exaltación a la informalidad en su estado más puro: un grito soterrado contra la desigualdad de los desposeídos. En este sentido, su obra social para los pobres resultó ser una estocada directa a la clase política, que el pueblo sentía impersonal y lejano, en una reivindicación que revistió de mesianismo uno de los imperios de sangre más infames. Prueba suficiente son los miles de visitantes que acuden a su tumba en Medellín a rendirle honores.

 En una sociedad como la nuestra, que no sólo se regocija del caído, sino que busca y proporciona causas para su caída, el fracaso está socialmente penalizado. Ambiguos entre el puritanismo y el liberalismo, no hay mayor humillación que reconocerse fracasado y débil. Por lo tanto, se aprecia con tanta estima el facilismo.

La popularización de este pensamiento, que aprecia más los fines que los medios, la podemos encontrar cotidianamente en aquellos conductores que hacen caso omiso de la luz roja o la creencia que arrojar basura a la vía pública es «justificar el pago de los impuestos». Esto, aunado a la debilidad de nuestros organismos estatales, puede llegar a una total desconfianza de todo el Estado en su conjunto (corrupción, depredación, etc.)

Pero la felicidad está en el mañana, y no hay tiempo que perder.


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