En líneas generales, puede entenderse
al éxito como el resultado de un programa deliberado de acción. Nos planteamos
una meta y conseguirla es lograr el éxito. Pero cuando pensamos en una persona exitosa, se nos viene a la mente el
profesional u hombre de negocios con casa propia, auto del año y un trabajo
estable. En definitiva, el éxito al que refieren no es sino el económico. Todo
camino alternativo es invisibilizado. Resulta llamativo que esto gana más
fuerza en entornos en los cuales los recursos están desigualmente distribuidos.
“…..Quiero autos
relucientes y dinero sucio
mucho rock and
roll
viviré en la fama
y moriré en llamas
jamás
envejeceré……”
W.A.S.P. “I wanna be somebody”
(Quiero ser alguien), 1984
(Quiero ser alguien), 1984
Entonces, tenemos la idea del éxito y
lo deseamos ardientemente. Sin embargo, nadie tiene una guía ni hoja de ruta
que nos permita lograr ese ansiado futuro de riqueza y felicidad suprema. Esto
es conocido en las ciencias sociales bajo el concepto de «anomia».
En este contexto se produce el ascenso
mediático de figuras como Pablo Escobar. Predestinado a la adversidad, se enriqueció
a una velocidad vertiginosa contraviniendo el camino «formal» al éxito
económico (p.ej: estudiar, encontrar un trabajo, estar al mando de un jefe y ahorrar
durante años). La repetición constante de su vida y obra en series y películas
no es más que una exaltación a la informalidad en su estado más puro: un grito
soterrado contra la desigualdad de los desposeídos. En este sentido, su obra
social para los pobres resultó ser una estocada directa a la clase política,
que el pueblo sentía impersonal y lejano, en una reivindicación que revistió de
mesianismo uno de los imperios de sangre más infames. Prueba suficiente son los
miles de visitantes que acuden a su tumba en Medellín a rendirle honores.
En una sociedad como
la nuestra, que no sólo se regocija del caído, sino que busca y proporciona
causas para su caída, el fracaso está socialmente penalizado. Ambiguos entre el
puritanismo y el liberalismo, no hay mayor humillación que reconocerse
fracasado y débil. Por lo tanto, se aprecia con tanta estima el facilismo.
La popularización de este pensamiento, que aprecia más los
fines que los medios, la podemos encontrar cotidianamente en aquellos conductores que hacen caso omiso de la luz roja o la creencia que arrojar basura a la vía pública es
«justificar el pago de los impuestos». Esto, aunado a la debilidad de nuestros
organismos estatales, puede llegar a una total desconfianza de todo el Estado
en su conjunto (corrupción, depredación, etc.)
Pero la felicidad está en el mañana, y no hay tiempo que
perder.

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